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Mi hogar está en la ciudad de las flores



 

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Yo crecí en la cuidad de las flores, Xalapa, ciudad capital del estado de Veracruz, en México.


De la raíz Nahuatl xālli (arena) y āpan (río o manantial), Xalapa significa “manantial en la arena”. Una ciudad colonial y colorida, tanto melancólica como preciosa, en el corazón del bosque mesófilo de montaña. Nos llaman “Xalapeños” (¡Jalapeños, si! Exactamente como los chiles, cultivados originalmente en esta área). Mi ciudad era un lugar de son jarocho, cine de arte y festivales de teatro. Xalapa es una ciudad siempre cubierta por flores.


Mi vecindario estaba en las afueras de la ciudad, con muy pocas casas alrededor y verdes lotes vacíos de campo, un río detrás de nuestra casa, con vacas y caballos pastando, árboles altos, y las montañas detrás. Mi papá falleció cuando yo tenía tres años. No tengo memorias de él, vienen de historias que he escuchado sobre él. Creo que la primera que fui a la playa fue para esparcir sus cenizas en el mar.


Mi mamá enviudó a los treinta tres años. Ella no terminó su educación y su trabajo era cuidar a su familia como muchas mujeres mexicanas en aquellos días. Vivíamos en una casa modesta, sin terminar y mi mamá hacia pan dulce que mi hermano mayor vendía a los vecinos para tener algo de dinero. Mi madre eventualmente comenzó a trabajar limpiando primero una escuela católica, y con los años una oficina de gobierno, donde trabajaba de 6 am a 9 pm, con un corto para comer con nosotros.


Mi papá falleció cuando yo tenía tres años. No tengo memorias de él, vienen de historias que he escuchado sobre él. Creo que la primera que fui a la playa fue para esparcir sus cenizas en el mar.

Mi mamá estudiaba en las noches y los fines de semana para terminar la escuela y obtener un grado de secretaria. Con esto fue promovida primero al conmutador y después como secretaria de tiempo completo, trabajo que sigue haciendo hasta la fecha. Mi madre siempre ha sido una fuente de inspiración y siempre me motivó a ir bien en la escuela y a ser la mejor. Aunque hacía mi mejor esfuerzo para no decepcionarla, a veces no era fácil. Ella me hacía saber cuándo lo había hecho y como yo necesitaba poner un mayor esfuerzo.


Aunque mis hermanos cuidaban de mi mientras mi mamá trabajaba, me sentía un poco sola de niña y siempre buscaba cosas que hacer, me gustaba pintar, dibujar, bailar, actuar, o interpretar poesía que aprendí de mi mamá leyendo Pablo Neruda, Octavio Paz, y Juan de Dios Peza. Siempre tuve curiosidad por la ciencia también. Recuerdo cuando en las noticas se escuchaba todo el tiempo sobre el VIH-SIDA, o ver películas donde se mostraban científicos buscando una cura para alguna enfermedad que se propagaba rápidamente. En sus trajes amarillos, viendo un virus a través del microscopio. Yo quería estar ahí y convertirme en científica.




La mamá de Leonora en 2015, caminando en el parque donde usualmente realizan sus caminatas matutinas. Este es el ejercicio favorito de la mamá de Leonora. (Leonora Martínez-Núñez)

Durante mi adolescencia no me sentía muy femenina, me gustaba vestir con pantalones demasiado sueltos y camisetas desteñidas que yo misma hacía. Me gustaba estar fuera de casa y me inventaba cualquier excusa para salir y ver a mis amigos hasta tarde. Esto afectaba la relación con mi mamá, y a veces era difícil para ambas. A ella le gustaban cosas diferentes y a veces quería que yo mantuviera mi cabello largo, o que me pusiera vestidos, o que fuera de cierta manera. Le gustaba decirme como hacer las cosas. Nos tomó tiempo, un largo tiempo entendernos mejor.


A mí me gustaba ir a la escuela, pero a mis hermanos no tanto. Mi hermano mayor se enlistó en el ejercito cuando tenía 17 años, donde trabajó por 30 años. Mi otro hermano dejó la escuela y trabajo ilegalmente en estados unidos por dos años, hasta que tuvo que regresar a México. Y aunque a veces la situación en casa era compleja, siempre me sentí responsable por devolverle a mi mamá algo de felicidad. Siempre mantuve buenas calificaciones que me permitieron obtener becas del gobierno, suficiente para comprar uniformes o útiles escolares, ¡incluso comprar mi primer par de patines!



Terminé la preparatoria con entrenamiento en Biología y Ciencias de la salud y un par de clases relacionadas con arte. Era tiempo de ir a la Universidad y sólo podíamos cubrir los gastos para ir al campus local. Una parte de mi quería estudiar Artes Plásticas, pero mi mamá me hizo ver que Biología era mejor opción y así podría seguir con mi plan de convertirme en científica. La educación en una Universidad Pública en México dependía mucho de esfuerzo personal; algunos profesores no les importaba. Topé con pared cuando tuve que tomar clases de Bioquímica, no entendía las clases, y francamente, me estaba costando mucho trabajo no fallar. Empecé a estudiar a diario, leía Principios de Bioquímica de Lehninger todos los días y hacía tares con amigos o en cibercafés (nunca tuve una computadora en casa). Al final pasé mi clase de bioquímica más o menos y me sentí aliviada. Me di cuenta de que sólo tenía que poner mi mayor esfuerzo. Lo mismo me ocurrió con Enzimología e Inmunología, y pensé que la carrera en ciencia que quería perseguir no iba a ser tan fácil de conseguir. En ese entonces mi mamá vendió la casa donde vivíamos y nos mudamos a un nuevo departamento en otro vecindario. Me sentí muy feliz mientras nos establecíamos en nuestro nuevo hogar.