top of page
Photo information:

En Nicaragua, los Bosques y las Comunidades Indígenas se Enfrentan a una Amenaza


Cuando Juan Carlos Ocampo, líder en una comunidad indígena en Nicaragua era niño, los venados pasaban con regularidad por su casa al moverse entre densos bosques ribereños sobre la costa caribeña norte del país. Al igual que otras familias en su comunidad Misquita, su familia pescaba peces y langostas en los ríos, cazaba venados y pacas — animales grandes similares a los conejillos de india — y usaba árboles cosechados del bosque para construir sus casas y sus barcos.


Hoy, dice que no es posible cazar, pescar ni cosechar madera en su comunidad. “Es muy doloroso ver la destrucción del bosque”, dice Ocampo.


Franjas de los vastos bosques caribeños de Nicaragua han sido destruidos en los últimos 30 años por colonos que despejan la tierra para cultivarla, rancheros que necesitan alimentar a su ganado y leñadores que cosechan madera preciosa. Los vías fluviales han sido contaminados por la explotación de oro y prácticas de pesca dañinas. Según la iniciativa Guardia Global de los Bosques (GFW, por sus siglas in inglés) del Instituto de Recursos Mundiales (WRI), una organización de investigación sin fines de lucro con enfoque en la sustentabilidad, la transformación se ha intensificado en los últimos años con conflictos mortales entre colonos y comunidades indígenas y la pérdida del 23 por ciento del bosque húmedo primario de Nicaragua entre el 2002 y el 2019.


Manifestaciones de personas retiradas y estudiantes protestando políticas autoritarias desataron levantamientos extensos en el 2018 en contra del régimen del presidente Daniel Ortega. Cientos de personas fueron aprisionadas y más de 300 fueron asesinadas durante los meses de

enfrentamientos entre los disidentes y fuerzas del gobierno. Ortega permaneció en el poder gracias a medidas brutales en contra del disentimiento. Se estima que más de 100,000 personas han sido exiliadas hasta la fecha, incluyendo muchos activistas y miembros de la prensa.


Desde entonces, los bosques y las comunidades indígenas y afrodescendientes de Nicaragua han permanecido sin supervisión independiente en un periodo en donde la pobreza y el crecimiento de la población, así como las políticas del gobierno, están impulsando la migración hacia bosques protegidos y bosques en zonas indígenas.[LIL1] Estos bosques son cada vez más vulnerables inclusive después que el gobierno central recibiera millones de dólares de financiamiento para protegerlos de parte del Banco Mundial.



Un jaguar visto desde una cámara trampa en la región caribeña del norte. (Panthera)


La región caribeña de Nicaragua alberga dos reservas reconocidas por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) por su amplia biodiversidad. La Reserva de Biósfera Bosawás en la frontera norte con Honduras forma parte del segundo trecho de bosque tropical más grande del continente americano después de la Amazonia, y contiene una mezcla diversa de ecosistemas, desde sabanas de pino a bosques nublados que se elevan a más de 5,000 pies por arriba del nivel del mar. La Reserva de Biósfera de Río San Juan es una vasta amplitud de bosques húmedos de frondosas perenes enhebrados por ríos y humedales en la frontera con Costa Rica al sur del país.


Ambas reservas incluyen territorios indígenas y se encuentran bajo protección que restringe o prohíbe el asentamiento y la extracción de recursos. La Reserva de Biósfera Bosawás es hogar para pueblos Mayangnas y Misquitos, mientras que el Río San Juan es hogar para indígenas Rama y para nicaragüenses de ascendencia africana que hablan Kriol.


Estos bosques son segmentos cruciales del corredor biológico mesoamericano, el cual se ve cada vez más fragmentado y el cual conecta hábitats en América del Norte y del Sur. Este corredor permite la migración de animales como el jaguar y provee refugio crítico para especies raras y en peligro de extinción. Rafael Reyna Hurtado, un ecologista de vida silvestre en El Colegio de la Frontera Sur en México, dice que Bosawás, Río San Juan y otros bosques mesoamericanos intactos son peldaños para la migración animal, asegurándose así de la diversidad genética entre las poblaciones dispersas, y para la resiliencia en caso de amenazas como enfermedades y huracanes. “Estamos preocupados que estos grandes tramos de bosque que quedan están perdiendo su conectividad”, dice.


 

Dos Décadas de Deforestación en Nicaragua


La deforestación se define como la extracción completa y continua de por lo menos 30 metros cuadrados de dosel arbóreo, medido por satélite Landsat. Las fronteras legales de los territorios de la costa caribeña se encuentran delineados en rojo, pero varias comunidades indígenas y afrodescendientes viven en cada territorio. (Fuentes: Global Forest Watch; Joel Betts, Global Wildlife Conservation) (Aleszu Bajak para Undark)

 

Aunque estos bosques proveen un hábitat crítico para los jaguares, los animales grandes con pezuñas como los pecaríes y los tapires son los más vulnerables, dice Reyna Hurtado. A diferencia de los jaguares, estos animales no pueden viajar distancias grandes para encontrar hábitats apropiados. También son más sensibles a la intrusión humana y prefieren los bosques